Tras una dura experiencia migratoria, la pareja se encuentra de regreso en su hogar junto a su familia.

La pobreza, el desempleo y la falta de acceso a los servicios básicos han incitado a más de 700.000 ciudadanos de la República de Kirguistán, en Asia Central, a emigrar buscando una vida mejor. La mayor parte de ellos se dirigen a la Federación Rusa de Kazajistán, pero algunos se van más lejos, al Sudeste de Asia, a Europa y aún más allá.

Cada una de estas personas tiene una historia muy especial. Algunos simplemente están buscando la oportunidad de hacer más dinero para asegurarse un mejor futuro, para ellos y para sus hijos. Otros buscan protección a través de la migración dado que la vulnerabilidad y la pobreza están tan entrelazadas que se vuelve imposible separarlas. 

Aquí presentamos la historia de una familia de Kirguistán que lo arriesgó todo para poder enviar a sus hijos a la escuela.

La OIM le entregó a Asanbai un cultivador para que pudiera trabajar su tierra, lo cual le permite ganar algo de dinero para poder enviar a sus hijos a la escuela, pagar las facturas de servicios públicos y poner un plato de comida sobre la mesa. 

Sanobar, de 51 años, y su esposo Asanbai, de 52, tienen seis hijos y vienen de una remota aldea en la región de Aravan, al sur de Kirguistán. Con la intención de brindar un mejor futuro a su familia, la pareja, junto a su hija mayor, decidió emigrar a la Federación Rusa, dejando tras de sí a los cinco hijos más pequeños con un pariente que iba a cuidarlos hasta que ellos regresaran. 

Se unieron a los 50.000 nacionales de su país que emigran cada año, de acuerdo con datos del Servicio Migratorio Estatal.

Cuando llegaron a la Federación Rusa un extraño que según dijo era de la misma aldea les ofreció trabajo. Luego los llevó a una granja para trabajar en el cuidado de unas 70 ovejas, dos caballos y seis vacas, además de plantar y cosechar vegetales. La familia vivía en un frío cobertizo junto al ganado y a raíz de eso se enfermaban con mucha frecuencia.  

“Ese año, el invierno comenzó mucho antes, y el campo lleno de zanahorias, repollos y otros vegetales se cubrió de un manto de nieve”, recuerda Sanobar. “El explotador nos forzó, a nosotros y a otras personas en situación de esclavitud a recoger vegetales sin ninguna protección en las manos”.

“Estamos haciendo nuestro mayor esfuerzo para generar recursos a través de una actividad comercial aquí de vuelta en casa, por medio del cultivo de nuestra tierra y de la venta de los productos que logramos cosechar. Queremos estar más cerca de nuestros hijos y formar un hogar con toda la familia reunida”, dice Sanobar.

Un día, Sanobar y su familia escaparon y huyeron a otra granja cercana. 

“Después de escaparnos quisimos regresar a nuestro hogar, pero no teníamos dinero de modo tal que comenzamos a trabajar en un campo en el pueblo vecino. Nuestro trabajo era parecido al anterior, igual de difícil, pero al menos nos pagaban. Pudimos ahorrar un poquito de dinero y con esos ahorros, volver a Kirguistán”.

Sanobar y su familia regresaron a su aldea y buscaron la asistencia de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) para poder reintegrarse. 

Sanobar, de 51 años, y su esposo Asanbai,  de 52, se unieron a los 50.000 nacionales de su país que emigran cada año a la búsqueda de mejores oportunidades laborales.

La OIM evaluó su caso y, tras una entrevista a la familia, planificaron la asistencia que incluía apoyo psicológico, ropa, alimentos y equipos para poder cultivar la tierra. 

Tres años han pasado desde el retorno de Sanobar. 

“Estamos haciendo lo mejor para generar una actividad comercial aquí de vuelta en casa, por medio del cultivo de nuestra tierra y de la venta de los productos que logramos cosechar. Queremos estar más cerca de nuestros hijos y formar un hogar con toda la familia reunida”, dice ella.